La espera.

Estoy sentada en la puerta del hospital. Mi padre está dentro, en la UCI.
No puedo estar con él. Sólo esperar a que el médico me llame y me diga lo que sea. Un montón de ideas inconexas pasan por mi cabeza. Tristeza, desánimo y una presión en el pecho que me impide respirar. Tengo frío. Me gustaría poder llorar.

Aquí sentada, sola, el mundo parece pequeño. Reducido al banco y las paredes que me rodean.
Pienso en muchas cosas y en nada a la vez. Retazos de recuerdos. El último momento en que lo vi, cuando iban a meterlo dentro en la camilla y le dije no te preocupes, no puedo entrar contigo, pero todo va a salir bien. Ni siquiera sé si me oyó, quiero pensar que sí.

Me llegan WhatsApp preguntando cómo está, la misma respuesta repetida cien veces, aún no sé nada.
La incertidumbre es más dañina que cualquiera de las certezas. Me pregunto cómo se sentirá, si tendrá dolor o estará tranquilo. Quiero pensar que está sedado y duerme mientras su cuerpo intenta responder. 

Al despedirme, le acaricié el cuello, la cabeza,las manos. Quiero recordar ese tacto.
Me pregunto si estar muriéndose duele. Desecho inmediatamente la idea, me ahogo, no quiero pensar eso.
No he entrado a la sala de espera, me agobia el devenir cotidiano a mi alrededor. Para mí el mundo está parado, esperando como yo.

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